Milán, la prueba de resistencia

Hoy hace un año que aterricé por primera vez en Europa. El vuelo directo desde Buenos Aires me dejó en Roma, donde empezaba y terminaba mi travesía de 35 días. Pero antes de empezar por el principio, quería hablar de Milán, no porque tenga algo en especial (de hecho fue la ciudad que menos me gustó) sino porque fue una prueba de resistencia hasta el último minuto -literalmente- y creo que son cosas que necesariamente tenemos que vivir cuando viajamos. No voy a decir que la pasé mal ni que me pasó algo malo porque estaría siendo caradura, pero hay ciertos percances que si no tenes la “personalidad” necesaria, te pueden bajonear el viaje. Pero no a mi. Conmigo no, Milano.

Il Duomo

Il Duomo

Ya tenía comprado desde Buenos Aires el pasaje de tren Florencia – Milán e iba para allá porque vive una amiga, la cual estaba en Australia en ese momento y no conseguía vuelo de vuelta (es azafata, por lo tanto tiene el beneficio de viajar gratis si consigue asiento). De esto me entero menos de una semana antes de llegar a Milán (o sea en Roma) y me vi obligada a reservar hostel por 35 euros la noche. Por lo menos incluía el desayuno y la cena y el dueño era fanático de Argentina asique me encontré con fotos del Diego y con yerba para el mate.

El famoso Teatro alla Scala

El famoso Teatro alla Scala

Cuando llego al hostel me siento a llenar el formulario correspondiente en el bar y me pongo a charlar con dos nativos que estaban tomándose una cerveza. Eran cocineros en un hotel y uno de ellos me dió ganas de seguir quedándome de charla pero me llama la recepcionista para ir a la habitación. Me demoró y cuando bajo ya tuvieron que irse a su trabajo, pero me dejaron una cerveza paga y una notita escrita en un sobre de azúcar que todavía conservo. Los hombres del norte de Italia son todos modelos de Dolce & Gabbana, están ahí como inalcanzables y yo en jogging me sentía Wanda Nara.

El sobrecito de azúcar en cuestión

El sobrecito de azúcar en cuestión

Un cambio de planes pero que tenía de cierta forma previsto. Tres días en Milán es una guasada. Sólo lo había programado así por mi amiga y porque teníamos pensado ir a Venecia pero cambié por pasar el día en el Lago di Como (más barato y más cerca) y no me arrepiento en lo mas mínimo y ya hablaré de esto en otro post.

Casa de sombreros y afines en la Galeria Vittorio Emmanuele

Casa de sombreros y afines en la Galeria Vittorio Emmanuele

Como decía, tres días en Milán es una guasada y la ciudad la recorrés en cuatro horas. Incluidas las vidrieras que mirás si te gustan las cositas lindas de Prada y D&G como a mí, en la Galeria Vittorio Emmanuele y en la Via della Spiga. No se si era porque venía de la región de la Toscana donde la comida es espectacular pero ni comida rica pude encontrar en Milán.

Vidriera de zapatos en la Via della Spiga

Vidriera de zapatos en la Via della Spiga

Después de recorrer la ciudad el último día, me quedó la tarde libre y por ansiosa (por no esperar a llegar a lo de mi amigo en Ginebra) dejé la ropa para lavar. La secadora del hostel funcionaba mal, me dieron la ropa como a las 10 de la noche, húmeda, asique mi parte de la habitación parecía una tienda de gitanos. Por lo menos no me cobraron.

Castello Sforzesco

Castello Sforzesco

Justo esa madrugada, JUSTO, cambiaba el horario en Europa. Yo tenía el despertador puesto temprano porque mi tren a Ginebra salía 08.25. Como nunca había tenido smartphones y acá en Argentina hace rato que no cambiabamos la hora, no sabía que el aparatejo en cuestión cambiaba solo la hora, asique el despertador en vez de a las 6 me sonó a las 5. Bajé a desayunar sólo a pasar papelón con el pibe mala onda que estaba acomodando las cosas para el desayuno que sería una hora después (él me explicó lo del cambio automático en los smartphones) asique volvió el perro arrepentido a descansar una hora mas. Me levanto a horario, salgo a horario, era domingo y el transporte público no pasaba tan frecuente pero aun así llegaba a Milano Centrale.

¡A subir que se acaba el mundo!

¡A subir que se acaba el mundo! – Milano Centrale

Milano Centrale, sos muy linda, muy glamorosa, pero tenés dos millones de escaleras. Iba corriendo con el pulmón en la mano eran 8.23. Vamos que llegás. Casi que llego al andén y veo al tren que arranca. Adiós Ginebra. Adiós pasaje comprado con anticipación por la módica suma de 22 euros. Me agarré la cabeza como si hubiera perdido la final del Mundial o algo así. Me quedé helada por un par de minutos, no podía creer que me estaba pasando ESO a MÍ. Voy abatida a la oficina de Trenitalia a ver qué onda. El próximo tren salía en cuatro horas: alivio. La jodita salía 78 euros: desazón. Eso si, en la oficina de Treintalia me atendieron super bien. Yo y mi maldita manía de ver el lado luminoso de la vida (?).

Ese no lo perdí...

Ese no lo perdí…

Fueron las cuatro horas mas largas de mi vida, de las cuales me habré pasado dos tratando de encontrar wi-fi para avisarle a mi amigo que llegaba por la tarde. Llegó la hora, 15 minutos antes ya estaba sentada en el tren. Mejor prevenir que curar. Pero todo pasó cuando a poco de cruzar la frontera, el tren empezó a bordear los Alpes y el lago Leman. Ver eso desde el tren no tenía precio. Gracias Milán por los “malos” momentos. Porque son de los que más se aprende.

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