Viaje Retro

Soy retro, soy vintage, me ponen un tema de Vilma Palma y me pongo del tomate, escucho Aspen Classic, colecciono fotos familiares viejas y ya empecé a decir “en mi época” (tengo 31 años). Por eso sale del baúl de la nostalgia este viaje raro que hicimos en familia hace tiempo.

Gracias a un congreso que tuvo mi papá allá por 1994, cuando yo tenía 11 años, nos fuimos a Ecuador. Ahora está de moda, pero en 1994 ¿a quién se le ocurriría irse ahí? Latinoamérica no atraía tanto como hoy y ahora que veo este viaje a la distancia, veo que avanzamos -como subcontinente- a pasos agigantados. Si bien medio que estaba en la edad del pavo, algunas imágenes “sociales” me quedaron grabadas.

El plan era ir derecho a Guayaquil con escala en Lima, pero no se qué problema hubo que Aerolíneas Argentinas nos regaló a los pasajeros una noche en Lima en un hotel 4 estrellas, asique aprovechamos a conocer la ciudad hasta irnos a la tarde siguiente al destino que tocaba en un avión de la aerolínea AeroPerú (que ya no existe) y donde vi por primera vez las pantallitas en los asientos que hoy son tan comunes -aunque no funcionaban-. Tengo algunos recuerdos bastante puntuales de Lima: Miraflores, el barrio “cheto” con sus hermosos acantilados con vista al mar y la plaza principal bien a lo colonia española con su catedral majestuosa, una hermosa casa de gobierno (ocupada en ese momento por el nefasto Fujimori), que mientras que la recorríamos vemos a un hombre totalmente pobre de toda pobreza caminando desnudo por la calle, en medio de la ciudad, a metros del Palacio Presidencial. Esa imágen no me la olvidé jamás. Eso es neoliberalismo puro y duro y así como una mini Che Guevara de ciudad, este pequeño viaje creo que ayudó a forjarme una conciencia social que vino un poco de crianza, otro poco de mi hambre de conocer el mundo y sus habitantes y por supuesto los avatares de nuestro país. Mi viejo, así como yo, no es un tipo miedoso en lo más mínimo, pero tuvo que salir a comprar un jabón de glicerina para mi hermana -que tenía un año para entonces- y volvió medio atemorizado. Me gustaría darle en algún momento una segunda oportunidad a esta ciudad tan hermosa pero tan golpeada cuando la conocí. Ojalá esos moretones ya no se vean.

Eso si, a la que no le voy a dar una segunda oportunidad es a la INCA COLA. Es lo peor que tomé en mi vida.

En Lima con papá

En Lima con papá

Llegamos esa tarde a Guayaquil, Ecuador, una ciudad que superó nuestras expectativas y seguró las volverá a superar cuando vuelva en algún momento. El Malecón que bordea el río Guayas, donde en un histórico día se dieran la mano los Libertadores San Martín y Bolívar, andar por ahí sabiendo eso era increíble. Nunca me caractericé por ser ñoña pero quería contárselo a mi maestra de 6° grado. Enfrente del hotel había un parque hermoso lleno de iguanas a las que tenía muchas ganas de agarrarle la cola a ver si era verdad eso de que se le corta y se le regenera (!). Las vueltas de la vida: uno de mis compañeros de la escuela primaria es uno de los hijos del jugador de Independiente y de la Selección Nacional Pedro Monzón (remember Italia ’90, un mundial que será insuperable para mí) y habían estado viviendo en ese apart-hotel hacía un tiempo. Ya eramos dos conurbanos de la misma escuela estatal de Villa Domínico que conocíamos otras latitudes, en una época en la que viajar era algo “diferente”. Curiosidades.

Guayaquil, monumento al saludo entre San Martín y Bolívar a la vera del río Guayas

Guayaquil, monumento al saludo entre San Martín y Bolívar a la vera del río Guayas

Camino a Quito, en avión, nunca vi la muerte tan de cerca. Y reitero, ni yo ni mi viejo somos miedosos (y le agradezco inmensamente que me haya criado libre y sin cucos) pero estabamos recontracagados. Ese avión sobrevolaba la cordillera y se movía como una coctelera. En ese momento de adrenalina no pensaba pero hoy las imágenes las tengo claras y pensé que nos caíamos y terminabamos como los uruguayos de “Viven”. Fue terror en estado puro pero llegamos y la hermosa Quito valió la pena. Conocimos el monumento de la mitad del mundo, por donde pasa la línea del ecuador y también la feria de Otavalo (odio las ferias, salvo que sean de comida) pero era un lugar muy pintoresco.

Uno de nuestros días en Quito fue también socialmente curioso y lo recuerdo claramente. Nos llevaron a una propiedad de un militar creo recordar que era más bien un feudo con arrozales y riñas de gallos. Antes de eso pasamos por una productora de bananas. No se de qué la jugábamos ahí realmente en todas esas hectáreas de un tipo que ni conocíamos, pero me bastó para conocer un poco del Ecuador profundo que no mostraban las ciudades. Recuerdo sentirme un poco triste y también me recuerdo apartada en una hamaca paraguaya casi sin probar bocado. No me sentía cómoda ahí creo sentir ahora, después de varios años. Y hoy no me sentiría cómoda quizás tampoco.

Quito, con mi hermana en la mitad del mundo

Quito, con mi hermana en la mitad del mundo

Como les comenté una vez a los chicos de Dale Viajá, viajar también es hacer política y la mas linda de todas. El viajero no puede ni debe abstraerse de lo social que rodea a los pueblos que visita. Escuchar a los locales, observar con agudeza, dejar que a uno le calen hondo las experiencias que vive y escucha. Yo tenía poca edad y poca conciencia y hoy todavía recuerdo situaciones sociales vívidamente. Ya estaba naciendo una viajera (y no una turista) y ya estaba haciendo política. ¿Se nace o se hace camino al andar? ¿Uno cambia al mundo o el mundo nos cambia a nosotros? ¿Todas las opciones son válidas? Les dejo la inquietud…

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